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miércoles, 29 de enero de 2014

El Mago (1ra parte)

Sin dudas debió ser un día como hoy el día en que te conocí. No, no era Abril. Tampoco era esta ciudad, ni siquiera la misma estación. La moda era diferente, te veías tan apuesto con eso que llevabas, si hoy te viera de la misma manera, no podría parar de reír. ¿Te acordás de tu peinado? Aunque siempre lo negaste, nunca te gustó ser el diferente, al menos no por tu ropa o por la moda del día. Si ibas a sobresalir debía ser por cualquier otra cosa, pero no por eso, no era la ropa lo que debía hacerte único.
Lo tenías tan claro que a todos nos lo hiciste saber. Todos sabíamos que eras único, que escondías una especie de magia, pero como buen mago, no revelabas nunca tu secreto.
La gente, esos que caminan por las calles desoladas de tu memoria, con los que compartiste risas, algún que otro mate; con los que seguro en alguna prueba se copiaron y tuvieron charlas interminables en alguna noche de insomnio luego de una salida; eso, la gente… Esa gente… Puede que ellos hayan saboreado quien en verdad eras, y se dieron cuenta que no eras uno más, que no eras igual a ellos.
No dijeron nada, nadie se animaba a admitírtelo. Yo te lo dije, y si te tuviera en frente te lo volvería a decir. Lo supe desde siempre, tenés una magia que se huele a kilómetros de distancia.
Nadie se animo a ir más allá, a sacarte el disfraz de mago y en tu desnudez descubrir donde escondías esas cartas, de dónde salía cada moneda que mágicamente hacías aparecer, y como hacías que el sol siempre se encienda cuando mostrabas tu sonrisa.
Pero yo, como nena inquieta que siempre fui, además de admirar tu belleza, tus colores, tus monedas y tus cartas necesitaba saber cómo hacías... Me metí lo más adentro que pude. Atravesé el teatro colmado de gente (vos eras de los pocos que podía llenar un teatro, la gente se enloquecía con solo verte), crucé cortinas, vestuarios, y llegué…
Allí estabas… Vos, solo y sentado en una silla de plástico… Lo nuestro siempre fue teatro de barrio: sus paredes eran inventadas, los colores los ponía el amor, el humor, que se yo, digamos que lo hacía cada espectador; y en esa silla blanca, que en cualquier momento se despatarraba, me miraste a través del espejo cuando escuchaste que mis pasos se habían frenado. Sonreíste y me dijiste con el tono más dulce con el que jamás me hablaron:
-          ¿Se le perdió algo señorita?
Y sí, en ese momento perdí mi corazón en manos de un mago que nunca revelaría su secreto. Ni tuviste que mirarme a los ojos. No volteaste. Sonreíste, hablaste y me escapé corriendo, ese día no había función para mí.
La magia ya había ocurrido y ahora corría en mis venas.

lunes, 11 de abril de 2011

Tres cosas te voy a decir: la noche es larga, nunca digas nunca y no sabes todo lo que puede pasar.
Me guiñó un ojo y se alejó. Le encantaba ser el galancito de la novela, y más aún le encantaba dejarme ahí, sin poder responderle y casi sin más reacción que levantar una ceja, morderme el labio y maquinar a 120 por hora las más de mil probabilidades de lo que eso podía significar.
Y eso era todo lo que hacía, aparecer y desaparecer, tan pronto que su imagen no llegaba a irse con él y lo esperaba hasta su regreso. Porque eso sí, SIEMPRE VOLVÍA.

viernes, 22 de octubre de 2010

Dulces Sueños

Te veo y no te veo, simple. Veo solo sombras y muy en el fondo de tu mirada te veo encerrado, como nunca antes. Parece que solo quedan rastros de lo que alguna vez fuiste.

Dicen que te consumiste. Dicen que te viniste abajo, que no soportaste la realidad. Tenías tu pasado muy claro, tenías tanto rechazo a ese presente que estabas viviendo y llegaste a creer que no tenías futuro, al menos no más que el de estar encerrado.

Dicen que fue tu voluntad. Creo que nadie por voluntad propia decide estar así. Lo que sí creo es que no fuiste fuerte, no te opusiste. Dejaste a todos tus demonios actuar por vos. Dejaste a tu esencia librada al azar, y una puerta abierta en que cualquier cosa podía entrar. Ya nada quedaba por salir, lo habías perdido todo, incluso a vos.

Te veo y no te reconozco, me dicen que es mejor que te quedes acá. No podés volver a tu casa, es peligroso. Dicen que puede que lo vuelvas a intentar. Yo no entiendo. Te exijo una explicación, pero me paro frente a vos y se me nubla la vista, se apaga mi voz, se desvanecen los discursos y solo quedamos, los restos tuyos y algo parecido a mí.

Tu mirada no me puede engañar tanto, no quiero creerlo. Hace un tiempo me dijeron que todo empezó cuando te echaron. Toda tu vida dedicada a lo mismo. Nunca supe si era lo que de verdad amabas, tu verdadera pasión. Dicen que todos tenemos al menos una, una pasión que alimenta nuestras vidas y nos pide más y más.

Tal vez tengan razón. Creías haber perdido todo, y no. No era así. Te quedaba mucho por perder todavía.

Cuando fui a tu edificio, subí las escaleras y me senté en tu puerta. Tenía las llaves en mi bolsillo, pero no me atrevía. Sería entrar después de tantos años, por segunda vez en la misma semana. La primera fue cuando llegué y me encontré con tu cara, con tus ojos abiertos, y tu mirada perdida. Alrededor un charco de sangre, una pistola en tus manos y lo que todavía no entiendo el espejo de tu cuarto roto. Eso sin hablar de la cantidad de policías, y esos médicos llegando.

En unos minutos me vi arriba de una ambulancia. De chiquitos nos preguntamos que se sentiría eso, ¿Lo recordás? No creo, pero yo sí. Mi sueño no se cumplió, y espero que no lo hayas sentido de la misma forma en que lo sufrí. Tenía a una de las personas que más quería al lado mío. Mejor dicho, tenía a una de las personas que más quería al lado mío muriéndose, luego de llegar por sí mismo a esa circunstancia.

Pasaron las horas y dijeron que tu herida no era de bala. Los doctores no podían creer lo que me decían. Según ellos, le disparaste al espejo, éste se rompió y sus trozos volaron, aterrizando uno finalmente en tu propio cuerpo, al punto de dejarte más muerto que vivo. Ahora me pregunto si así te sentías. ¿Te sentías más muerto que vivo?

Te veo y solo estás perdido, ausente, ni vivo, ni muerto. Un conjunto de huesos, músculos y piel, con mucho dolor en sus ojos. En parte veo a los mismos ojos de antes, esos que me invitaban a jugar y a la vez esos que me reclamaban haberte abandonado todos estos años. Pero te juro, nunca me olvidé de vos. Miraba el mar, miraba aquel océano que nos separaba y sólo pensaba en vos.

La distancia es desconocida, esa es la verdad. Uno puede saber a cuántos kilómetros está o no, pero cuando te sentís tan lejos de los que querés y a la vez tan cerca de lo que te apasiona, la decisión es difícil. Es mucho más complicado ver cuánto ganas y cuánto estás perdiendo, que ver cuántos kilómetros te alejan, cuántas horas te alejan, si es un barco, si es un avión, si es un llamado.

Te abandoné y me abandoné. Capaz que como vos, también estaba perdida. Pero me sentía tan viva, y vos acá, muriéndote, dejando ir lo poco que te quedaba.

Me asusté cuando no atendías los llamados, me aterré cuando mis cartas no tenían respuestas, y ni yo sé que sentí, cuando miré el océano y estabas más lejos que nunca. No hubo que pensarlo mucho, lo que te apasiona, va con vos, no podés escapar, o bueno, sí. Pero yo no voy a escapar de eso, sólo que me las voy a rebuscar, porque en el momento en que las olas tenían tu voz, cuando las estrellas escribían tu nombre y la luna dibujaba tu rostro lo supe: tenía que tomarme el primer avión, tenía que asegurarme con mis propios ojos que estabas bien. Y no lo estabas.

Ayer, la segunda vez que ingresé a tu departamento, se acercó una vecina tuya. Me preguntó si yo era yo, pronunció mi nombre y me dijo que siempre le hablabas de mí. Luego de decir eso se corrigió, miró al piso y atinó a decir:

- Antes de… - y la interrumpí.

- Del accidente – y no quise ver su mirada juzgándome. No quise que me dijera que no fue un accidente.

- De hecho no, señorita. Antes de que lo despidan. Después el señor Ernesto no vino tan seguido por casa, y en las pocas ocasiones que hablamos me decía que alguien rondaba su casa, que creía que le iban a robar, y no tenía mucho, según él, sería el colmo. Empezó a instalar alarmas, puso rejas…

Mi cara de no entender a qué quería llegar esta señora, que minutos más tarde me enteré, se apodaba Yoly, debieron no notarse, pues ella siguió el relato.

- Imagínese, instaló 8 cerrojos nuevos, además del que ya tenía. El miedo se apoderó de él, no salía. Un día apareció por casa y me dijo que ante cualquier emergencia lo llamara, él sabría cómo defenderme. En el momento no le entendí. Cuando pasó todo, supe que lo dijo por el arma.

- ¿Algo más le dijo en su última visita?

- Señorita, esa no fue su última visita. Pero sí, me dijo que ya nadie se metería con él, nadie le sacaría más nada. Estaba cansado de perder todo lo que más quería.

Me sentí parte de ese todo que él ya estaba cansado de perder. La culpa era inevitable, irremediable, al igual que las lágrimas.

- Señorita, no llore. ¿Quiere que le cuente lo que pasó en la última visita?

- Por favor – dije entre sollozos.

- Él señor Ernesto vino luego de varios días, y me dijo que ahora sí, que había atrapado a quien lo perseguía en su propia casa. Me mostraba una sonrisa, luego de meses sin verla. Me asusté en parte, y en parte creí que estaba mejorando. Creí que iba a salir del pozo en el que estaba, si hubiera sabido… - y rompió en llanto.

Dicen que hay misterios que duran toda una vida. ¿Habría realmente alguien persiguiéndote? ¿Fue una manera elegante de, y tomo valor para decirlo, suicidarte? Digo, para que yo no crea que vos estabas tan mal, ¿para que no me sienta culpable?

Lo decidí, me quedo acá. Los doctores dicen que el mejor lugar para vos es ahora esta clínica. No te quiero abandonar una vez más. No te puedo llevar conmigo, me obligan a dejarte acá, pero prometo todos los días venir a verte. Mi pasión y yo, tendremos que acomodarnos, no nos vamos a abandonar, ni nos vamos a dejar morir. Es ahora cuando tenemos que ser fuertes. Es ahora cuando tengo que esperar que tu mirada vuelva a ser vos, y no me voy a mover de acá. Es lo que hubieras hecho, ¿no Ernes?

No hay un océano que nos separe, o tal vez si, la realidad es que vos ahora dormís. Dicen que tu sueño se llama locura, dicen que no soportaste la realidad. Quedate tranquilo hermano, yo me voy a quedar hasta que despiertes, y ahí, te voy a decir que juguemos, a encontrar algo que nos haga felices, pero ya no más separados.

9 Cerrojos tenías en total, 9 fueron los puntos que tuvieron que hacerte, 9 fueron los años que estuvimos separados, 9 son los años que tenías cuando me conociste, 9 fue la cantidad máxima de cuentos que me leías hasta dormirme, 9 era la hora en que cada mañana, te sentabas a los pies de mi cama y esperabas a que me despertara.

Pero no son 9 ni las horas, ni los días, ni los meses, en que voy a esperarte, sentada a los pies de tu cama, de este sueño llamado locura, alrededor de tantos que como vos, están durmiendo. Ojalá lo tuyo sea solo una siesta.

domingo, 17 de enero de 2010

El cubo mágico

Es creer o reventar… - dijo y todos callaron… Tras un largo silencio, volvió a tomar la palabra:

-Sí, eso fue lo último que me dijo… Y tenía razón, es creer o reventar, siempre vamos a encontrar algo sin explicación, una vez por lo menos nos vamos a romper la cabeza intentando descifrar el cubo mágico, o ganarle un truco a aquel invicto que espera siempre con las cartas sobre la mesa; pero sabemos y CREEMOS que es posible.

Cuando éramos niños nos pasaba aquello de no pensar demasiado, de reír y no preguntar, confiar, aunque, alguna vez jugando a las escondidas temiste o te enojaste al creer que alguien hacía trampa o que vos la hacías, y aquella amiga que siempre te descubría, incluso sin decírtelo, jamás decía nada… Pero seguías jugando, después de algunas quejas o bochinches, después de algún enojo, de un reto o de un “NO JUEGO MÁS”, pero quieras o no, el juego volvía a vos. Venían tus amigos y te decían que vayas o esperaban hasta que se te pasara…

Otro silencio se produjo, este más corto, pero continuó diciendo:

Ella lo sabía, había echado un vistazo y me lo escondió, NO LO CREYÓ… Me hubiera gustado no ser tan egoísta y ver que podía ser real, pero le CREÍ, otra vez ese verbo, me dolió que hiciera trampa, y no quería volver a jugar tan rápido. Pasaron los días, las semanas, y aquí estoy con una carta en la mano, que encontré hoy por la mañana bajo mi puerta, y no me anime a abrir, al ver el remitente. Ella me lo había dicho al pasar, y me molestó, y mucho, pero no me di cuenta que podía ser verdad, y lo fue… y se fue…

Me quedaron el mate y las facturas encima de la mesa, al lado del celular con un cartel en su pantalla que decía “MENSAJE NO ENVIADO”, no lo creí, por las dudas mande otro, era importante que ella supiera, que quería volver a jugar, que la esperaba en mi casa, que me perdonara. Volví a dejar el celular en la mesa y me fui al cuarto, simplemente me fui. En eso alguien golpeó la puerta, no lo escuché. Volvieron a tocar, esta vez, salté de la cama, apagué la tele y me dirigí a la puerta…

Era tarde, ya no había nadie, volví a ver el celular y otra vez el cartel que comenzaba a odiar, estaba allí, sentí que el “aparatejo” se reía de mí… Lo dejé sobre la mesa, tomé mis llaves y cuando iba a buscarla, a ella, para pedirle perdón, para decirle que otra vez el cubo, me superó; no pude… Bajo la puerta había un sobre con un cartel escrito en birome azul, de las que ella siempre lleva en la cartera, que decía:

GOLPEÉ DOS VECES, PERDÓN, YO NO LO CREÍA, NO LO QUERÍA CREER, PERO CONFIRME MIS DUDAS, Y VINE A DECÍRTELO, CUANDO ABRAS EL SOBRE, TAL VEZ SEA DEMASIADO TARDE…

ADONDE VOY ME VAN A FALTAR LOS MATES Y LAS CHARLAS, TUS TRAMPAS EN LA ESCONDIDA CUANDO ÉRAMOS NIÑAS (VOS SIEMPRE SABÍAS DONDE ESTABA ESCONDIDA, POR ALGO ERA). TAN SOLO CREÍ EN VOS, Y CREO.

SÉ QUE A PESAR DE QUE PASEN TRES MIL AÑOS, VOS, SIN AYUDA DE NADIE, MÁS QUE TUYA VAS A SABER DONDE ESTOY, Y QUE ESTOY ESPERANDO. CRÉEME, ES COMO SIEMPRE TE DIJE, ES CREER O REVENTAR.

CREÍA EN VOS CUANDO NOS ESCONDÍAMOS, NO QUERÍA REVENTAR PUES SIEMPRE ERA MUY DIVERTIDO QUE ME BUSQUES PRIMERA Y BUSQUEMOS EL RESTO JUNTAS, PERO LLEGÓ TU MOMENTO, EL DE BUSCAR SOLA, NO TE DIGO QUE RESUELVAS EL CUBO, PERO CUANDO ABRAS LA CARTA, SABRÁS QUE YO YA ME FUI, AHÍ TE EXPLICO POR QUÉ.

SÉ QUE CUANDO LO LEAS VAS A SABER DONDE ESTOY, Y QUE ESTOY BIEN NO TE PREOCUPES, PERO, ME FALTAN TUS ABRAZOS, TU MIRADA, ME FALTAS VOS… VENÍ, VOLVAMOS A JUGAR, TE ESPERO CON LAS CARTAS SOBRE LA MESA, A VER SI EN EL TRUCO ME VENCES ALGUNA VEZ…

¡OJO! NO TE APURES, YO TE ESPERO…

ACORDATE ES CREER O REVENTAR…

Definitivamente, ella sabía que yo no iba a abrir la puerta, lo que le faltaba era contar los golpes y dejar la carta, me conocía lo suficiente, y yo la conocía tanto, y por eso me duele… Porque no abrí el sobre todavía pero sé que algo ocurre y si al menos no puedo completar el cubo, quiero que ustedes, sepan, es creer o reventar, a pesar de que se enojen o hagan trampa, siempre hay que volver a jugar…

Finalmente calló, en sus ojos se notaba la tristeza al leer en silencio las líneas que ELLA, de la que nos había hablado tanto en las últimas semanas, de su amiga, su compañera; le había dejado.

Habíamos aprendido tanto esa tarde, más de lo normal, no era solo porque ella era nuestra profesora, nuestra joven y querida profesora, la que siempre nos contaba algo de ella y nos preguntaba que haríamos, la que con solo una palabra que dijera, le contábamos todo.

Nos dolió verla mal, porque nunca creímos lo de la pelea, y al principio dudamos de la carta, es que cuando retomo la charla de todas las clases, no parecía dolida, hay que reconocer que es muy fuerte.

Sus clases eran debates, siempre nos decía que pensemos algo para la siguiente clase, sobre que nos gustaría hablar. Si el arte pasaba por nuestros corazones nos incitaba a continuar, a fortalecernos, a estudiar y aprender más… CREÍA EN NOSOTROS…

Nos dijo que pensemos para la siguiente clase y que si podíamos hablar despacio, pues le gustaría leer la carta, y después contarnos, algo, de lo que decía… Accedimos…

Hasta el día de hoy no conozco lo que esa carta decía, lo he imaginado muchas veces.

Ella sigue siendo tan buena maestra, tan buena amiga, ella sigue siendo ella.

Cuando leyó la carta de su amiga, fue al hospital. Su amiga estaba en la etapa final, y lo sabía, todavía no había llegado el momento, pero en cuanto ambas se vieron se dieron cuenta que mucho no faltaba. Sin embargo seguía con todas sus fuerzas, y con las cartas listas para jugar. Cuando la profe llegó, escuchó que su amiga, ya desde su lecho, le decía:

Cuando te vayas busca la caja que está a mi izquierda. Todavía no morí, volvamos a jugar, fijate si esta vez me podés vencer. ¡Ah! Quedate tranquila hable con la enfermera y dado a mi estado podés quedarte todo el tiempo que quieras.

- Sabes que me tendrías que haber contado antes, y que te pido perdón por creer que “ESTO” era un punto al cual no ibas a llegar…-dijo la profe con una pena en el alma

- No hay nada que perdonar. ¡Dale, sentate, quiero un truco con vos! Imagina que solo es un día más… Y ¿sabés no es el último momento, ni el último encuentro?, CRÉEME.

- Está bien, vos das.

Jugaron y jugaron, antes de terminar la amiga de la profe le dijo:

- No te olvides que donde estés, estoy, que te quiero, que sos la hermana que la vida me dio. No voy a cerrar los ojos justo ahora, si es lo que pensás. Abrí la caja…

- Pero… (pensativa y dudosa)

- Pero nada, dale -y rió

Buscó la caja y la abrió. Adentro había un cubo mágico, lo había logrado armar, cada cara mostraba un color distinto, y todo junto hacia al cubo…

La profe sabía que significaba, junto eso halló una carta, otra más.

Miro a su amiga y ella le guiñó el ojo, y señaló otra caja, la profe la abrió esta solo tenía una cara armada, y un poco de otras…

- Es mío- dijo la profe

- Creí que te gustaría tenerlo

Dijo eso, y cerró los ojos.

Vino la enfermera, la profe le contó lo sucedido y la enfermera le pidió si ordenaría las cartas, que enseguida vendrían los médicos. Miró las cartas por curiosidad, esbozó una sonrisa y las guardó en la caja junto al cubo, todavía no armado.

Todos los Jueves sale del cole y va al cementerio, lleva su mate, habla un rato y se va.

A veces la acompañamos, otras nos dice que prefiere ir sola.

En sí, todo esta historia, es creer o reventar, es lo que ella nos dijo, omite algunos detalles en sus narraciones, como cuando nos contaba de la muerte de su amiga, le brillaban los ojos como si fuera a llorar, le faltó decir que en aquel momento lloró, que le pareció extraño lo de su amiga, que en momentos se creyó loca, pero una voz más fuerte le dijo, CRÉELE.

Es así, cuando uno quiere mucho a alguien uno debe creerle, porque es parte de amarlo. Tantas veces nos enojamos, o sufrimos, nos ahogamos en vasos de agua que al final nos hacen perder tiempo solamente…

A veces es necesario, volver a jugar, volver a intentar, dejar las culpas, las penas, los enojos y las peleas atrás. Que al final, solo nos dañan, y hacen más complicado que logremos armar, el cubo mágico.


~Cinn~

domingo, 27 de septiembre de 2009

Faltó el celeste


Agarró el pomo de temperas. Lo descubrió.
Sus colores le encantaban el blanco con violeta, y esa forma rara, tan nueva para ella. Luego de su nuevo descubrimiento miró al suelo. Su alegría y sorpresa se ganaron lugar en ese momento. Había encontrado la caja, escondida, esa que guardaba este nuevo tesoro.
Con una de sus manitos sostenía el pomo violeta, con la otra agarró tres más, el naranja, el celeste y un verde que se refugiaba en el fondo de la caja, en desacuerdo total con esta nueva muestra de rebeldía. Pero no era eso. No era rebeldía, era... era...
Era una sensación de novedad, de conquista, de poder.
Nadie observaba. Miró a los pasillos, no se oían pasos acercándose, por lo contrario, las voces se oían allá, en el living de casa, lejos de donde ella estaba.
Con toda la elegancia, habida y por haber, con su nuevo descubrimiento y la astucia de cualquier agente secreto, o de algún personaje que espera no ser descubierto en la escena del crimen, con las manos en la masa; miró la sala, la examinó. Descubrió una ventana y muebles muy altos. Pero allí, entre el frío invernal que se las ingeniaba para entrar a pesar de que la ventana estaba cerrada y los calefactores encendidos, lo descubrió. Era perfecto. Se acercó, balancéandose, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no caerse, ya que el ruido que provocaría llamaría la atención y vendrían a ver que sucedía, hasta que llegó.
Se acomodó en el suelo, dejó sus herramientas de artista.
Ahora comenzaba otra difícil tarea, debía destapar el pomo. Se observó así misma. Sus manitas apenas podían con los tres pomos y el violeta separado, cómo haría. Siguió mirando. Se los llevó a la boca, solo al violeta, era el que más le gustaba. No, definitivamente ese sabor no le agradó. se lo sacó de la boca y luego de varias morisquetas propias del disguto reciéntemente experimentado soltó los pomos.
En el piso ahora se encontraban los 4 colores, hizo un paso hacia atrás para poder juntarlos, pero en su intento, apretó el naranja contra el suelo y la tapa voló. Se sobresaltó con el repentino movimiento e hizo otro paso atrás. Primero el pie derecho, luego el izquierdo. No pudo coordinar, cayó sentada. Tomó el naranja, observó los otros tres.
El violeta la llamaba, pero esta vez no se dejó tentar. El verde y el celeste esperaban alli, en el desierto que ahora era el piso. Se acordó de como el verde se refugiaba en la caja. Lo tomó dispuesta a ser ella la ganadora de la batalla. Para su sorpresa no tenía tapa.
Se paró como pudo, miró nuevamente su espacio elegido, el espacio perfecto para aquella artista, tomó carrera y...
Comenzó a oír pasos, esto no le importó. Debía terminar su obra maestra. Los pasos se acercaban intentó mirar atrás, pero no se lo permitió.
Miró el pomo violeta, se lamentó de que no fuera ese su fiel compañero para este importante momento. Sin embargo el pomo verde y naranja terminaron la difícil misión.
Los pasos se detuvieron. Un grito seguido de varias quejas.
¿Les habrá gustado tanto como a mí?- Pensó Maitena. Se dió vuelta con la mejor de sus sonrisas, ahora, empapada de violeta.
Papá la miró y no pudo sostener la risa. Mamá no podía reírse, seguía lamentándose de la pared blanca y la ropa nueva de la nena.
Maitena solo escuchaba ruidos y por la cara de mamá, no, no le había gustado.
Papá se puso serio, había que demostrar quien era la autoridad. Miró el suelo y le dijo a mamá:
-Al menos no usó el celeste. Ese no combina con las cortinas.
Maitena miró su obra, el piso, sus manitas embarradas de colores, de todos, menos del celeste.
Miró a mamá con su cara de rechazo y escuchó los pasos de papá alejándose, yendo a la cocina a buscar algo con que limpiar.
Miró el piso nuevamente y tratando de buscar una respuesta para el disguto de mamá, pensó:
Faltó el celeste.

Pasaron por aquí,.